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Copa del mundo

RESACA DEL MUNDIAL | OPINIÓN

Por Juan Pablo Gómez Alvizo | 20 de julio de 2026

Después del silbatazo final que coronó a España  como el nuevo campeón del mundo, la fiesta terminó. Este 2026 presenciamos un torneo histórico: el primer mundial con 48 selecciones celebrado en tres países. Canadá debutó como anfitrión, Estados Unidos sumó su segundo torneo y México se convirtió en el único país en albergar tres mundiales, coronando una vez más a la catedral del fútbol: el imponente Estadio Azteca.

Por esa cancha desfilaron leyendas eternas como Pelé en el 70 y Maradona en el 86 con «la mano de Dios», en el partido más pícaro de la historia entre Argentina vs Inglaterra. Un duelo especial, porque en el 82 se desató la Guerra de las Malvinas que duró apenas 74 días. Este 2026, la rivalidad volvió a encenderse en un partido ríspido, demostrando que los temas fuera de la cancha siempre salen a la luz; esta vez, con una pancarta albiceleste que sentenciaba: «Las Malvinas son argentinas».

En lo deportivo, el torneo nos dejó grandes sorpresas, como el increíble papel de la selección de Cabo Verde. Pero el caso especial, como siempre, fue la Selección Mexicana. La frase más coloquial nos volvió a representar: «Jugamos como nunca y perdimos como siempre». Tuvimos una fase de grupos perfecta: 9 puntos, 8 goles a favor y la valla de Tala Rangel y Guillermo Ochoa invicta. La ilusión nos duró hasta los dieciseisavos de final contra Ecuador, para terminar cayendo después ante Inglaterra en un partido majestuoso comandado por Jude Bellingham. Al final, quedamos en el noveno lugar del torneo. Siendo realistas, fue un buen mundial y, honestamente, es el lugar que merecemos en este momento.

Hablando con la cabeza más fría, fue un gran Mundial. A diferencia de lo que vimos en Qatar 2022 o Brasil 2014, este torneo tuvo una particularidad histórica: fue el único mundial donde no se construyó ningún estadio desde cero. En su lugar, México, Estados Unidos y Canadá tiraron la casa por la ventana con una inversión global en infraestructura, estadios y logística que rondó los 3,000 millones de dólares en nuestro país, según reportes de El Economista.

Y la apuesta valió la pena, porque México se lució como un gran anfitrión ante los ojos del mundo. Fuimos testigos de una auténtica fiesta, donde uno de los puntos más emblemáticos y mencionados a nivel internacional fue el Fan Fest de Guadalajara, que convirtió cada rincón de Jalisco en una celebración diaria inolvidable.

Económicamente, las sedes principales vivieron una danza de miles de millones de pesos gracias al flujo constante de turistas extranjeros:

La mina de oro de la CDMX: Concentró la mayor tajada del pastel con una derrama de 22,678 millones de pesos, impulsada por la histórica inauguración en el Coloso de Santa Úrsula.

El motor de Jalisco: Alcanzó un balance financiero excepcional superior a los 11,500 millones de pesos en derrama directa e indirecta.

El impulso en Monterrey: Consolidó ingresos por encima de los 260 millones de dólares (más de 4,500 millones de pesos), atrayendo principalmente turismo fronterizo e inversión comercial.

Sin embargo, tras el silbatazo final, la fiesta terminó y nos tocó enfrentar «la cruda». El dinero no compra el civismo y la euforia desbordada nos dejó un sabor amargo en la capital: las autoridades del Gobierno de la CDMX confirmaron un saldo lamentable de 5 personas fallecidas en festejos masivos. Cuatro de ellas ocurrieron durante las brutales aglomeraciones en las inmediaciones del Ángel de la Independencia tras la victoria ante Ecuador; la saturación fue tal que tres de las víctimas murieron por asfixia al quedar atrapadas entre la multitud.

Pero no todos terminaron celebrando las cuentas. Mientras que el mundial nos deja un buen sabor de boca a la mayoría de los mexicanos, a Grupo Ollamani le deja una resaca financiera enorme. De acuerdo con información de Expansión, la remodelación del Estadio Azteca les heredó una deuda total que ronda los 2,300 millones de pesos, la cual quedó diferida con un crédito a 12 años.

A pesar de las deudas y la realidad cotidiana a la que hoy regresamos, queda una ilusión alta en el horizonte. Con la nueva tendencia de albergar 48 selecciones (y con planes a futuro de expandirse a 64), son muy pocos los países en todo el planeta que cuentan con la infraestructura para recibir una justa de esta magnitud por sí solos. Esto abre la puerta para que la historia se repita más pronto de lo que creemos: ¿será que para el año 2038 veamos a México levantando la mano otra vez como coanfitrión junto a Centroamérica o repitiendo fórmula con Estados Unidos? El tiempo lo dirá, pero por ahora… se acabó el juego.

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