Peluquero de Tepatitlán Foto: Kiosco Informativo

Una Peluquería sin nombre para leer el Libro Vaquero | CRÓNICA

Julio Ríos | @julio_rios | 04 de febrero de 2017 * 

Como la mayoría de los oficios tradicionales, los peluqueros están a  punto de extinguirse. Lejanos parecen los tiempos en que los hombres del pueblo acudían a que les cortarán el cabello solo con tijera o los rasuraran con navaja. Pero aunque la moda son las estéticas unisex, todavía quedan pocos personajes que practican esta labor de forma meticulosa y esmerada. Encontrar uno de estos locales, es como transportarse varias décadas atrás en el tiempo…

 Brocha y Jabón

Rayas diagonales de color azul y rojo envuelven un cilindro, señal inequívoca del tipo de negocio que se alberga en ese rinconcito del centro histórico de Tepatitlán: una peluquería. Lo encontré en la calle Herrera y Cairo, detrás de los portales, junto a tiendas de chocolates y alfombras, adornado a la antigua usanza.  

Al interior, hay unas banquitas de fierro. Ese día dos viejos hojean unos arrugados periódicos. Si alguien prefiere otro tipo de lectura puede hurgar en un montoncito con revistas, entre los que hay varios ejemplares del famoso “Libro Vaquero”. También hay dos sillones hidráulicos color tinto en el que se acomoda a los parroquianos para cortarles el pelo con tijera o rasurarles con una afilada navaja esas barbas que a veces parecen alambres de púas, no sin antes embarrarles con una brocha amarillenta una mezcla de crema y jabón.

Un espejo a lo largo de la pared principal, auxilia a esos artesanos de la barbería en su faena. Al entrar al lugar los olores a loción, jabón y cabellos mojados se mezclan. El piso es de cuadritos color salmón y verde olivo y las paredes de color beige. Y como si la intención fuera acentuar el tono nostálgico del local, esa tarde alguien  entra y pregunta si aún venden casettes de música ranchera.  En ese escondite donde se suspende el tiempo no existe el Mp3 ni el Ipod.

El letrero en la fachada nada más dice “Peluquería”. Ningún nombre, ni ningún apellido. La foto del fundador, Filemón Dillón, adorna el muro principal del local. Casi ya no hay establecimientos de este tipo en la ciudad, si acaso tres o cuatro. Quizá cinco. En cambio, estéticas unisex se encuentran casi en cada  barrio. Y a veces hasta dos en la misma manzana.

“La diferencia entre las estéticas y la peluquería clásica es la manera de cortarlo. A las mujeres así las enseñan en la escuela. Nosotros lo cortamos en seco, en lugar de mojado. Si los mojamos se les resbala el pelo. Además usamos jaboncito con una brochita. En las estéticas no hacen eso”, dice Salvador Sánchez, uno de los dos peluqueros que trabaja ahí.

Y prosigue así su reflexión sobre las diferencias del oficio: “Se que hay mujeres en las estéticas, y quizá habrá alguno que otro medio ladeadon, es como todo, pero no me escamo de eso. A la hora de la hora es lo mismo. No es malo que haya eso, cada quien va a donde quiere, hace su lucha y va a donde le guste ir”.

 

Navaja y tijera

 En la peluquería sin nombre, el corte de pelo, o la rasurada con navaja, cuestan 40 pesos. A los niños, les cobran 30 pesos. Aunque a lo mejor ya subió el precio con las reformas fiscales, lo que a nadie sorprendería.

 “Además vendemos rastrillo americano que sale mejor que el Gillete, tiene banda lubricante y el mismo sistema, y está más baratito”, presume Don Chava.

Este personaje de 68 años de edad, empezó en el oficio de peluquero en 1961, es decir, hace 52 años. “Yo me enseñé lírico, viendo, calando y batallando porque en ese tiempo no había escuelas”

Entre las dificultades de su trabajo, está encontrarse con una barba grande y tiesa. “Cuando es así ,lo mejor es la navaja o de a tiro la máquina, porque el rastrillo no entra, nomás alisa la barba y se resbala como si no hubiera filo. Y peor cuando son de esos desechables”.

Su oficio a nadie se lo ha enseñado. Y no porque no quiera, sino porque a las nuevas generaciones les parece degradante cortar el pelo, a pesar de ser un bello quehacer.

“Los jóvenes no se interesan en esto, no quieren aprender, se les hace muy poca cosa”, dice entristecido.

– ¿Y antes qué diferencia había en cuanto  a los instrumentos que usaba para este trabajo?

“Antes no había maquinas como las de ahora que se enchufan a la luz, antes eran maquinas manuales que se les apretaba y el resorte iba moviendo las navajitas. Era más difícil y más cansado. Parecía que estabas ordeñando vacas –ríe-.  Y también era a rais sin placas, no había como ahora que le pones a la 1, o a la 2, o a la o 3”

Las modas, también han cambiado. Dice que antes no se  usaba cortarse a rapa, ni mucho menos dejar “el coco” al aire libre. “Ni tampoco esas figuras que se hacen  de cortarse con la maquinita a los lados con la uno y dejarse con pelo arriba. Esas figuras no”.

El otro compañero peluquero, “Nacho” Rodríguez, es de pocas palabras y no le interesa platicar su historia para un periódico ni nada que se la parezca. De hecho, cuando se realiza la charla anuncia que ya se va porque son las siete de la noche.

“Pero eso sí, yo tengo más tiempo que él en esto de la peluquería”, es lo único que alcanza a confiarme Nacho antes de salir del local.

 

Peine y maquinita

 Don Chava no le va a ningún equipo de futbol y al parecer tampoco es muy beato. Y explica sus motivos:

“Los peluqueros no debemos ser religiosos, ni muy deportistas, ni fanáticos del futbol, ni muy de la vela gorda. Claro que voy a misa y al rosario y pago mis diezmos, como dijo el fariseo. Pero no podemos ser, porque por andar en la pelota o en la procesión repicando, no trabajamos. Cuando hay partidos o hay procesiones es cuando mucha gente aprovecha para cortarse el pelo, y ni modo que andemos en el mitote perdiendo clientes”.

– ¿Entonces tampoco se echan sus tequilas?

“No joven, Mucho menos la botella. No se lleva. Imagínate, llego crudo le cortó una oreja a este. Si así, quien sabe como nos vaya”, bromea don Chava, mientras el cliente a quien le corta el cabello ríe nerviosamente.

“Y ahora que dices del alcohol. A los que les gusta el chupe, aquí cuando los rasuramos y vamos a ponerles el alcohol, les preguntaba: ¿Lo quiere por dentro o por fuera el alcoholito… ja ja ja”

Y ya encarrilado en eso de la vacilada, don Chava aprovecha para compartir unas charras: “Yo siempre he sido pachorrudo pa´ las rasuradas. Pero me acuerdo que cuando empezaba apenas, allá en San José (de Gracia), una vez rasure a un señor y duré mucho. Luego de más de media hora que llevaba rasurándolo le pregunté: ¿Oiga, quiere que le recorte el bigote? Y el me respondió: ¿Cuál bigote cabrón, si lo que quiero es que ya acabes, ¡No ves que ando bien crudo!”

Las carcajadas de Don Chava y los clientes resuenan en la peluquería sin nombre. Y las anécdotas continúan: “Aquí venía mucho un médico. Yo apenas estaba empezando. Y el se cortaba siempre con el más viejo, no me tenía confianza conmigo por ser nuevo. Un día dijo, a ver vamos viendo, deja me corto con ese muchacho. Y así vemos si una de dos, o este dura mucho para una rasurada porque es muy bien hecho, o porque es muy pendejo”, narra entre risas.

Ya no cuenta que pasó después y mejor comienza otra anécdota: “Una vez un cuate llevó a una señora al mercado y vio a otra más buenona y le metió la mano al seno y en eso que llegó la esposa a cachetearlo. Y el le respondió: No vieja, yo nomas me acomedí a echarle el vuelto porque pobrecita, traía bolsas en la mano. Ja ja ja”.

A Don Chava le gusta mucho hacer uso de esas charras para divertir a sus clientes y relajarlos antes de pasarles ese tamaño navajón que siempre intimida.

“Una vez terminé de cortarle el pelo a uno y pues que le puse el espejo atrás para que me dijera si quedó bien o no. Y que en eso pasó una viejonona y le dije: ¿Cómo la ves? Pos rebien, me contestó. Pero que no vio que  la esposa estaba ya aquí y luego, luego a regañarlo: Cabrón te están preguntando del corte, no de la vieja esa que pasó por la calle. Ja ja ja”

Este tipo de anécdotas hacen más ligero el trabajo, ya que para don Chava, sobre todo por la edad, cada vez es más difícil permanecer parado mucho tiempo. “A veces hay gente liviana que nos hace más rápido todo y más fácil el trato con el cliente”, dice.

La peluquería, si bien no es un negocio que venda artículos de primera necesidad, siempre tendrá afluencia de clientes porque la gente no soporta el pelo largo. “Por eso escaseó la chamba en tiempos de los hippies”

 “Antes, como no había estéticas, había mucho trabajo para los peluqueros. Cuando empecé se juntaban hasta siete en San José de Gracia los sábados y domingos, y aprovechaba la gente para cortarse el pelo cuando iban de las rancherías a la misa y mientras las mujeres hacían mandados”.

Pero las  estéticas les quitaron trabajo a los peluqueros tradicionales.  “Ellas se van a quedar con la chamba. Nosotros ya casi llegamos a la fecha de caducidad”, admite.

Y abrocha con nostalgia: “Como nadie quiere aprender el oficio, ni los hijos de los peluqueros, esto puede desaparecer. Como los herreros o los sastres. Ve aquí, si acaso hay dos o tres sastres y eso que Tepa es ciudad grande. Yo creo que los oficios ya van a desaparecer. Ya vamos de salida…”

 Loción de Afeitar

Han pasado varios años desde esa charla con Don Chava. Durante este tiempo sucedió lo inesperado: las viejas barberías volvieron a ponerse de moda. 

Él, en tanto, no se rinde en la batalla contra las barbas tiesas y las cabelleras rebeldes. Pero ahora en la calle Galeana, a media cuadra del templo de San Antonio. Por sí a alguien le interesara colaborar con la causa.

 

  • Esta Crónica apareció en el Zaguán, un compilado de historias de Periodismo Narrativo de Tepatitlán.

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