Por Óscar Miguel Rivera Hernández | 24 de marzo del 2026
La reforma electoral que propuso la presidenta Claudia Sheinbaum se murió. Y como en ese libro famoso de Gabriel García Márquez, todos sabíamos que iba a pasar, pero lo más triste es que no la mataron los de siempre, sino la propia familia.
La frase del cronista resuena como un eco en los pasillos de San Lázaro, pero también en la conciencia de millones de mexicanos que depositaron su esperanza —y su voto— en un proyecto de transformación. La reforma electoral no cayó por el filo de la oposición tradicional; recibió el tiro de gracia de quienes se sentaban a la mesa del poder, de quienes juraron lealtad a la presidenta y a la llamada Cuarta Transformación.
Vamos por partes, porque esto hay que explicarlo bien clarito, como se hace en el barrio, sin adjetivos sofisticados para nombrar las cosas por su nombre… traición.
La reforma proponía dos cosas que a los partidos les duele en el bolsillo; por un lado, bajarles el financiamiento público y quitarles los plurinominales tal como los conocemos. Si consideramos que cada voto en México cuesta 15 dólares, mientras que en Gran Bretaña cuesta 3.70, y en Alemania y Francia un dólar con diez centavos. Pero ahí está el meollo del asunto; tocar el presupuesto de las cúpulas partidarias es como intentar despojar a un niño de su celular, lloran, patalean y, si es necesario, traicionan.
Lo más penoso, lo verdaderamente vergonzoso, fue ver al Partido del Trabajo y al Partido Verde Ecologista hacer malabares discursivos para justificar lo injustificable. El diputado Reginaldo Sandoval, del PT, se subió a la tribuna a contar una historia de chicos buenos de su partido, omitiendo que sus orígenes están más cerca del salinismo que de la izquierda revolucionaria, olvidó mencionar que Alberto Anaya, líder vitalicio del PT, construyó su carrera política al amparo de Carlos Salinas de Gortari y del Programa Nacional de Solidaridad, instrumento diseñado para contrarrestar el cardenismo después del fraude de 1988.
Pero la memoria es selectiva cuando se trata de defender privilegios. El PT, que debe, ya en estos tiempos, su crecimiento electoral a la alianza con López Obrador y con Sheinbaum, de hasta un 300% aproximadamente. Pero para él, sus 13 plurinominales, valen más que los 36 millones de votantes. «¿Para qué queremos una reforma si así estamos bien?», dijo. ¡Claro que están bien! Ellos están bien. Con sus curules aseguradas, con su dinero público garantizado, con su futuro político resuelto, sin hacer campaña.
El Verde Ecologista, por su parte, Carlos Puente Salas intentó vender la idea de que son un partido nacido de la comunidad, omitiendo que fueron expulsados de la red internacional de partidos verdes en 2009 por pronunciarse a favor de la pena de muerte y que son una plataforma, que solo contempla a dos familias adineradas —los González Torres, dueños de Farmacias Similares, y los Velasco en Chiapas—, y que han sido señalados por el desvío de miles de millones de pesos en la gestión de Manuel Velasco como gobernador.
Lo malo, no es solo que hayan votado en contra, sino que pretendieron minimizar su traición diciendo que «siguen apoyando, aunque no en esto». Pero la 4T no son los candidatos, sino las políticas públicas que respalda la mayoría, y la reforma electoral era una de sus insignias, darle la espalda a esa propuesta es darle la espalda al proyecto de la 4T.
Ahora bien, no todo el mérito de este entierro corresponde a los aliados, hubo tres votos en contra dentro de los propios de Morena —Alejandro Chedraui, Santy Montenegro y Giselle Arellano— y unas faltas extrañas que huelen a más que ausencias. Olga Sánchez Cordero, Jesús Jiménez y Manuel Espino no se presentaron a votar.
La oposición tradicional, por su parte, siguió con sus mismos discursos inflamados, acusaciones de autoritarismo y el ya cansado sonsonete de la «Ley Maduro». Rubén Moreira, del PRI, se fue al pasado diciendo que la mayoría de la Cámara no representa a la mayoría de los ciudadanos —un argumento curioso viniendo de un partido que ha vivido de las concertacesiones y los pactos entre bambalinas. El PAN, en voz de Elías Lixa Abimerhi, soltó acusaciones dignas de la ultraderecha trumpista; «narcopacto», «dinero sucio», «complacencia criminal» y más “bla bla bla” y se les olvidó mencionar que su partido avaló el fraude de 1988 y que sus primeros gobiernos estatales no surgieron de las urnas, sino de negociaciones con Salinas.
Pero este circo de la oposición, ya lo conocemos. El verdadero problema, está en lo que puede pasar al interior, eso sí es el verdadero drama, que puede acabar en la ruptura interna, entre el proyecto transformador y sus supuestos aliados.
¿Y ahora qué? La presidenta Sheinbaum ya anunció un Plan B: reformas a leyes secundarias que no requieren mayoría calificada. Con mayoría simple puede sacarlas adelante. Pero el mensaje ya está dado: el PT y el Verde demostraron que no son parte de una alianza de principios, sino de una alianza de pura conveniencia. Prefirieron verse como «los nuevos Alito Moreno» antes de tocar las listas que les garantizan un futuro sin desgastarse en campañas.
Habrá quien diga que esto es política, que así funciona el juego, que las alianzas son transitorias. Pero la ciudadanía no olvida. Los 42 millones de beneficiarios de los Programas para el Bienestar —sí, leyó bien, 42 millones de mexicanos que reciben apoyo directo del gobierno— tendrán memoria cuando llegue la elección de 2027. Las 20.3 millones de personas que reciben pensiones, los 22.8 millones de estudiantes becados, los 500 mil jóvenes construyendo el futuro, los 9.5 millones de niños en escuelas mejoradas. Todos ellos sabrán quiénes defendieron sus intereses y quiénes prefirieron proteger sus privilegios.
El PT y el Verde pueden celebrar hoy su victoria parlamentaria. Salvaron sus plurinominales, salvaron su financiamiento, salvaron sus cuotas de poder. Pero lo que no saben —o fingen no saber— es que el costo político de esta decisión será implacable. En 2027, cuando los ciudadanos acudan a las urnas, recordarán quiénes estuvieron del lado de la gente y quiénes estuvieron del lado de ellos mismos.
La reforma se murió, sí. Pero como en toda buena crónica, la muerte no es el final, sino el principio de otra historia. La historia de una traición que será juzgada no en las tribunas, ni en los editoriales, ni en las redes sociales. Será juzgada en la única instancia que realmente importa en democracia: las urnas.
México, no me queda duda, es un país que merece mejores representantes. Y los tendrá. Aunque para eso haya que barrer primero la casa y sacar a los inquilinos que se olvidaron de quién los puso ahí.