Eduardo Castellanos | 5 de abril de 2026
Una cruz de madera recargada detrás del monumento a Miguel Hidalgo. Desde las nueve de la mañana comenzaron a llegar los que representarían la Judea en Vivo, desde el Barrio Alto de Tepatitlán. Hombres, mujeres y niños ataviados con sus túnicas en diferentes colores. No importa la edad; lo que realmente importa es la fe y la devoción con la que cada año salen a recorrer calles para representar personajes bíblicos del martirio del Nazareno.
Sería la edición número 52 del Grupo de Viacrucis Viviente de la Parroquia de la Sagrada Familia. Inician su recorrido en el parque Hidalgo para concluir en la capilla dedicada a la Virgen del Perpetuo Socorro en los Viveros, en donde los esperan cientos de personas para ser testigos de la muerte y resurrección del Salvador.
Mientras algunos se untan la cara y el cuerpo con bloqueador solar, otros ponen maquillaje y pintura color sangre a quien la necesite. Unos ayudan a amarrar brazaletes; otras se ponen los velos y sonríen para las cámaras, porque, iniciando la procesión, todo se volverá solemnidad, silencios y oraciones.
Un pequeño llega buscando a Dios; uno de los actores señala a Luis Eduardo Aguirre Cortés, el joven que representará a Jesús. El pequeño se acerca y le dice: “Dios, quiero pedirte por mi papá”. Aguirre Cortés lo abraza y comienza una oración; el rostro y el cuerpo del niño se entregan a la paz que le provoca el abrazo del que representará a Jesucristo.

El que representará a Dimas está sentado frente a la estatua de Hidalgo; toma un descanso antes de iniciar con el sacrificio. Es el único de la procesión que intentará realizar el recorrido sin calzado, en un calor primaveral de 28 grados centígrados y pavimento que no da tregua.
Ya está listo el soldado que, antes de iniciar, lleva gorra para protegerse del sol; luego la cambiará por un casco de utilería, diseñado por los propios integrantes del grupo. Otro actor, con mirada desafiante ataviado con una corona dorada igual que sus ropas, posa para la cámara. Representará a Herodes Antipas; luego, hará de jefe de los soldados romanos, porque a veces los actores deben dobletear personajes para alcanzar la estampa.
Una joven le amarra la capa a uno de los soldados. Un sumo sacerdote tal vez Caifás, quizás Anás se hace una selfie con su celular. Otro de estos sabios indica a sus compañeros qué deberá decir cada uno durante su intervención. Herodes le ayuda a otro soldado a entrampar la cadena de su capa. Una mujer de lentes obscuros y gorra pide una selfie a unas nazarenas.
Otros personajes con edad avanzada buscan la sombra que les proteja del calor que empieza a hacer mella en la producción nazarena. Niños en carriolas ataviados con túnicas de colores esperan, junto a sus madres, el arranque de la representación.
Una mujer que sabe que el calor estará fuerte aplica bloqueador al que hará de Gestas, personaje que llevará uno de los mayores sacrificios durante la jornada con un tronco sobre su cuello y espalda alta, con el cuerpo semidesnudo. Jesús de Nazaret ayuda a poner las cadenas en las manos al que hará de Barrabás.
Una de las organizadoras pide una foto con Nicodemo. Uno de los sacerdotes que acompañarán al señor cura de la Parroquia de la Sagrada Familia, va con la Virgen María.
Los micrófonos inalámbricos, los que llevan largos cables y todo el sonido ya están listos; inicia la representación de las quince estaciones. Jesús es condenado a muerte. Aparece en escena; ya le pusieron su golpiza, lo llevan a sentar a un banco, le dan una vara y le colocan la corona de espinas con mucho cuidado para no dañarlo, pero una espina alcanza a incrustarse cerca de uno de sus ojos.
El Nazareno es llevado ante un “Poncho Pilatos” parado a los pies de Miguel Hidalgo; un niño le lleva una vasija con agua para que se limpie las manos y la conciencia. La gente quiere ver sangre; los del pueblo lo condenan y Jesús es llevado a su cruz.
Un adolescente bonachón representa a Judas Iscariote; lo hace muy bien. Lanza la bolsa con monedas a los pies de los malos; las monedas de 50 centavos ruedan por el piso.
Ya en la cruz, dos soldados romanos, con ayuda de unas pinzas, ayudan a Jesús a cortar la espina que molesta cerca del ojo.
Una camioneta con el equipo de sonido y una mujer que transmite en redes sociales encabezan el contingente; detrás, una bandera y dos tambores. Le sigue Jesús con su cruz a cuestas, los otros dos sentenciados; los tres con sus verdugos azotando sus espaldas. Dimas inicia su calvario, descalzo, pero con fuerzas y mucha fe.
Los jóvenes y adolescentes que por esos días viven Jornadas de Semana Santa son los encargados de hacer la valla que protegerá a los actores. En la procesión está el señor cura, Miguel Ángel Dávalos, junto a otros sacerdotes y seminaristas. Bertha es la encargada de realizar los cánticos. Los verdugos se hidratan y dan de beber a los sentenciados; le quitan la sed al Nazareno, a Dimas y a Gestas.
Jesús hace su primera caída; los fotógrafos corremos y nos tiramos al piso para conseguir la mejor foto, la más intensa, la más doliente. El actor se levanta y sigue con su cruz. En la parroquia de la Sagrada Familia, en el árbol de la estación de taxis, está Judas Iscariote. Tras un monólogo dramático, hace como que se desvive apoyado por un arnés.

Una señora pierde el equilibrio y cae al piso; otras personas acuden a apoyarla, entre ellas un elemento de Seguridad Pública Municipal.
Ataviada en ropas color púrpura, María ya espera a su hijo en la Cuarta Estación, cerca de la tienda de Saturnino; a la vuelta de los portales, casi enfrente de la pollería, está la madre abnegada, sufriente. El ambiente se siente especial; es el primer año cerca de esa estación sin, una persona muy querida y respetada en el Barrio Alto. María llora por su hijo.

Ya se alcanza a percibir el cansancio y dolor en los pies de Dimas; es un muchacho de tez blanca, barba recortada y ojos de color. En la rodilla derecha lleva cinta kinesiológica. Las plantas de los pies son negras. Tiene una ampolla en el tobillo izquierdo; parece que el calor lo asfixiara. Gestas lleva el cabello recortado; se ve más apacible y tranquilo. En el pecho lleva un tatuaje que dice: “Con sus lágrimas pagó por mis pecados. Él sí calza huaraches.
Una muestra de amor y solidaridad: Entre las mujeres de Jerusalén va una chica que, hace algunos años, fue la encargada de organizar el Viacrucis. Ahora lleva a su hijo en brazos, su madre camina a su lado. A su mamá le sirve de sostén para seguir caminando. Esta señora solía participar en la octava estación; este año las dolencias de la edad ya no le permitieron estar en ese espacio.

En la estación en donde Simón el Cirineo le hace un paro a Jesús, uno de los soldados romanos ayuda a un sumo sacerdote a colocarse bien la tiara para que lo proteja del sol. Todo son muestras de ayuda mutua, de solidaridad. Los verdugos siguen hidratando a los sentenciados. Uno de los martirizadores se pone agua en la boca y la escupe al pecho de Gestas; la finalidad es refrescarle un poco el trayecto. Falta poco para llegar a que la Verónica le enjugue el rostro a Jesús.

Uno de los verdugos lleva gafas para protegerse del sol, se percata del sufrimiento de Dimas y solicita calzado a una de las organizadoras. La atención está puesta en la tela que cubre la cara del Nazareno; todos esperan ver el rostro de El Salvador teñido en la tela blanca. El milagro se da; la Verónica es retirada. La procesión continúa.
Los pies de Dimas arden en calor; el sufrimiento se nota. Gestas lo nota, se quita el huarache del pie derecho y lo ofrece a Dimas; este lo acepta. Ahí van los dos con equidad.


Jesús cae por segunda vez; los fotógrafos se tiran al piso con él. Dimas camina sufriente a refugiarse a la sombra de una majagua; un soldado le da de beber. Una de las organizadoras le pone unas chancletas de la marca Hugo Boss; Dimas respira. Más muestras de solidaridad.

La subida se vuelve pesada; es la calle Álvaro Obregón. En esa altura ya se alcanza a ver casi todo el contingente; muchas personas acompañan a los actores del grupo de la Sagrada Familia. Van a recordar el sufrimiento de Jesús, que ya va agotado. El hijo de Dios es jalado con una cuerda por uno de los soldados; muchos clics a la cámara para conseguir el mejor ángulo.
Las mujeres dolientes de Jerusalén esperan a Jesús en la estación número ocho. Mujeres de distintas edades, todas con el dolor de ver a su Salvador sufriendo. Un corto monólogo dramático y la procesión avanza para ver caer a Jesús por tercera vez; el piso ya está demasiado caliente para que el reportero de este medio se vuelva a tirar; busca otros ángulos que también sean impactantes. El año pasado en esta estación una mujer arrojó un vaso de agua a Jesús para que se refrescara el piso.
El contingente llega al espacio que será la escena donde Jesús entregará su vida por los humanos. Los actores se hidratan. Algunas botellas de agua ya están calientes. Una de las organizadoras carga una caja con aguas, las reparte entre los participantes. Más muestras de solidaridad Los más pequeños al frente, sentados, esperan la parte final del Viacrucis.
A Jesús le quitan su ropas.
Primero suben a Dimas junto con su cruz. “¡Échale más piedras! ¡No metan las manos! ¡Otra más acá!”, dice uno de los soldados romanos mientras rellenan de piedras el hoyo donde ponen en pie la cruz de Gestas.
A Jesús los malvados lo clavan en la cruz; suena el martillo contra la madera. El Nazareno grita de dolor; sus gritos hacen eco en el espacio que se había quedado mudo. Entre todos los soldados levantan la cruz de Jesucristo, el actor se ve un poco asustado, pero resiste.
Gestas: “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”
Dimas: “¿Ni siquiera temes a Dios, estando en la misma condena? Nosotros estamos aquí justamente porque recibimos lo que merecen nuestros actos, pero este hombre no ha hecho nada malo. Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
Jesús: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”
Dejan que María se acerque a Jesús, intercambian palabras. Jesús le encomienda a su madre a Juan. Juan y María son retirados. Jesús pide agua y le dan algo en una esponja. Uno de los soldados romanos lo ejecuta enterrándole una lanza en uno de sus costados. La escenificación incluye efectos especiales, de la lanza sale un chorro de líquido oscuro. Jesús se entrega al Padre y muere; el silencio reina por un momento.
La Judea termina con la resurrección de Jesús. Logro hacer la foto de todos los años: un soldado romano cubriéndose con su capa para que no lo alcance el resplandor de Jesús. El actor se levanta y pide una foto. Todos los soldados posan para la imagen. El señor cura agradece el apoyo del grupo y la ciudadanía. Pide una foto grupal, todos los actores se acercan. Un clic logra capturar los rostros de satisfacción del grupo del Viacrucis Viviente de la Sagrada Familia, que el Viernes Santo se volvió solidaridad.

