jueves , 5 marzo 2026
Foto: Calle de Tepatitlán
Foto: Calle de Tepatitlán

El domingo que la ciudad se volvió a quedar muda | CRÓNICA

Por: Eduardo Castellanos | 23 de febrero del 2026

Un domingo cualquiera, me desperté un poco tarde, quizás después de las nueve. Encendí los datos de mi celular, comenzaron a llegar mensajes de mis grupos de amigos en WhatsApp. No le di mucha importancia, pensé que sería pasajero.

Salí a desayunar menudito, a probar la comida de una señora que acababa de abrir su negocio en la esquina de mi casa. Menudo blanco, limpiecito, bien sabroso, con su cebollita, limoncito, un chile de árbol asado y triturado con los dedos, orégano del monte y unas tortillas con su respectiva salsa enchilosa (así decimos en esta parte del mundo que ayer se volvió silencio).

Bien a gusto, ya estaba disfrutando de mi menudo y un delicioso taco de barbacoa. En el local estaba la señora con su mandil blanco, su hija y su esposo la acompañaban. La que supongo que es la hija le decía a su madre, que ya también llegaron los bloqueos aquí, que ya quemaron un camión (ojetes, de por si no hay) allá para el núcleo. La señora comentó que ya estaban empezando a cerrar locales en la ciudad.

Comencé a alarmarme, revisé mis redes y sí, ya todo el mundo estaba escribiendo y enviando imágenes de vehículos incendiados cerca del Núcleo de feria. Se hablaba de gente varada en el tianguis textil. De los motivos que habían desencadenado los hechos violentos. De los estados en código rojo. De mis amigos varados en Guadalajara. También empezaron a circular noticias falsas como la imagen de un avión en llamas.

Pagué mi caldito, mi taco y Coca light de taparrosca. Me fui directo a la tienda de abarrotes de la esquina para preguntarle al tendero si él iba a cerrar, muy sereno me dijo que no, que dependiendo como llegara de nerviosa su señora del rancho. Me quedé un rato comentando la situación con este gentil hombre.

Fui a mi casa pensando que sí, había la posibilidad de que cerraran todo. Me dispuse a ir a la Bodega del mar a comprar unos medallones de atún para prepararme un rico aguchile de mango (ya es temporada de mango). En el Barrio alto, la gente ya estaba nerviosa, ya era una histeria colectiva, personas corriendo, hablando por teléfono, muchos hombres y mujeres con cara de asustados haciendo sus compras en la Tres del valle de la Sagrada Familia. Un hospital para celulares, el primer negocio de los portales cerrando sus puertas.

En la tienda de pescados y mariscos había mucha gente, la encargada del establecimiento llamaba por teléfono, sus compañeras estaban nerviosas, también los clientes, todos pedíamos cosas sin saber realmente lo que necesitábamos. Mientras pagaba mis dos piezas de atún la cajera dijó “La vecina del otro lado ya cerró, yo creo que nosotros también ya vamos a cerrar. Aunque no tenemos como regresar a nuestras casas”; se me apachurró el corazón.

En la frutería, ya en las compras complementarias para el aguachile (¿Por qué no llamarlo también ceviche?) chile jalapeño, chiles serranos, un chile güero, limones (bien caro, por cierto), un ramito de perejil, un mango medio verde, cebolla morada, pepino americano. Todo en la canasta de fierro. En ese lugar una señora le contaba a otra que estaba asustada, que por que ya iban llegando los malos a la ciudad, que cada vez estaban más cerca. Tuvieron que abrir dos cajas en el negocio para cobrar más rápido, que la gente con cara de aflicción se fuera con sus miedos lo más rápido posible a refugiarse en sus hogares.

Mientras caminaba de regreso a mi hogar llamé a casa de mis padres para preguntar cómo estaban. Los viejos estaban bien, veían las noticias en la televisión. Le sugerí a mi jefita que fuera a hacer sus compras antes de que cerrarán todo, muy tranquilamente me dijo que sí, que iría a comprar solo tortillas. La ciudad comenzaba a quedarse quieta, una quietud que espantó hasta los pájaros.

Seguí mi camino, el dueño de una tienda de abarrotes en contra esquina del Parque del agua, estaba poniendo los candados a la cortina de su negocio. Lo acompañaban dos mujeres, los tres tenían cara de que se les había aparecido el mismísimo Lucifer. En ese momento sentí que también yo ya estaba dentro de la histeria colectiva, comencé a sentir miedo al ver como las calles se volvían a quedar vacías, en silencio como en Pandemia.

Antes de llegar nuevamente a la tienda de la esquina de mi casa, por mis respectivas tostadas de nopal para acompañar el rico aguachile, dos mujeres también asustadas, decían lo mismo que había escuchado unos minutos antes en la frutería “Ya están llegando, ya están cerca, ya huele a quemado” Y sí, efectivamente, de nuevo, otra vez la ciudad olía a pasto quemado.

Me sorprendió mucho ver al señor de la tienda, su cara había cambiado, la que hacía unos minutos era un rostro apacible y tranquilo, se había transformado en un semblante lleno de pánico. Había mucha gente también en el lugar, haciendo sus compras, todos tenían prisa. Una señora pedía un paquete de tostadas, pero no sabía de cuales, el don de la tienda tampoco sabía cuales darle. En esos momentos la esposa del dueño era quien cobraba a los clientes, con mucha velocidad entraban y salían billetes de la caja.

“Siempre si vamos a cerrar profe, más vale” me dijo el señor, que se iba a refugiar en su casa con cinco caguamas para aminorar el susto. Pague las sabrosas tostadas de nopal y salí del establecimiento, llegué a al edificio donde esta mi departamento, subí las escaleras y me dí cuenta que por las prisas y el miedo había olvidado las tostadas en el tendejón. Rápido regresé por ellas, ya el tendero estaba a punto de bajar la cortina.

Ya en casa me puse a responder mensajes, a consultar la información que circulaba, ver videos y fotos en redes sociales. Un carro quemado allá, otro camión allá. Desde mi balcón veía una que otra persona corriendo, con prisa, motos de ya saben quién merodeando, muy pocos vehículos en la calle. De repente, entre todo el silencio, se escucharon detonaciones de arma de fuego, de nuevo el silencio total, el corazón acelerado, las ganas de ponerme a trabajar se fueron, no podía concentrarme. Me puse a ver la película “El diablo a todas horas” del director Antonio Campos (muy buena, habla de fanatismo religioso); me ayudó a despejarme, para luego preparar mi rico aguachile de mango, que hasta Las canalas y El Ancladero envidiarían.

Check Also

Reconocen a operador del transporte público de Tepa, como «Conductor Modelo»

Staff Kiosco Informativo | 28 de febrero de 2026 Tepatitlán de Morelos, Jalisco.— La constancia, …