Por Oscar Miguel Rivera Hernández | 10 de diciembre de 2025 | Foto: tomada de France 24
Lo que vimos en el sorteo del Mundial de la FIFA 2026 no fue solo un evento logístico, fue una radiografía de lo más cínicos que el poder puede ser y en el centro de este escenario, aunado a esto, al centro, el premio al cinismo; un premio que se erige no como un reconocimiento, sino el premio perfecto a la hipocresía globalizada, llamado: «Premio de la Paz».
El acto, celebrado en Washington, fue desde el primer minuto un «ritual político, económico y mediático», como lo señalo en el primer párrafo. No se trataba simplemente de asignar equipos a grupos, se trataba de crear una serie de narrativas. La ópera «Turandot», con su aria «Nessun dorma» («Que nadie duerma»), fue la entrada perfecta al anuncio de que lo que veríamos, sería un espectáculo, donde el que se duerme pierde.
La FIFA, ese organismo que ha navegado entre escándalos de corrupción, se presenta aquí como una suerte, con su propio protocolo, su propia diplomacia y sus propios premios, donde el sorteo, «bastante dirigido» con reglas que evitan enfrentamientos que no son deseados, favoreciendo a los anfitriones, fue el comienzo y aquí, el azar se convirtió en el actor secundario, ya que los intereses geopolíticos y de mercado están como prioridad del juego.
Y en medio de este espectáculo, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, otorga a Donald Trump el «Premio de la Paz de la FIFA». La imagen; Trump, sin que nadie más se la coloque, se concede a sí mismo el honor de colocarse la medalla, viéndose como en un certamen, una autocoronación, como cuando Napoleón en versión siglo XXI, un acto de ego, facilitado y aplaudido por una institución.
¿Por qué es esto un «cinismo»? Porque todos, incluidos quienes aplaudieron, saben que es una farsa. Trump, una figura polarizante cuya presidencia estuvo marcada por la retórica divisiva, la confrontación internacional y el asalto al Capitolio, recibe un premio a la paz, sí, no hay error, no hay confusión, es algo calculado.
Infantino, un estratega que ha hecho de la supervivencia y la expansión de la FIFA su bandera, logra con este gesto varios objetivos, uno es alimentar el ego de ese hombre que se ve así mismo como poderoso, enviando un mensaje de alineación y lealtad a una figura, es una inversión en relaciones públicas. Por otro lado, es corregirle la plana al Premio Nobel. «Nosotros no tenemos miedo de ser políticamente incorrectos. Nosotros sí premiaremos al hombre fuerte, sin los remilgos de Oslo». Es un cinismo que se enorgullece de sí mismo.
Vaciar y abaratar de significado la palabra «Paz» se convierte en un simple adorno que se usa para maquillar una transacción. El «discurso de la construcción de paz» se reduce a nada, a una promesa sin sentido, pero útil para que el negocio siga caminando.
La hipocresía alcanza su punto más cómico cuando recordamos que, para este mismo evento, la delegación de fútbol de Irán no pudo asistir porque la administración de Trump les negó las visas. Mientras se premia la «paz» de Trump, se ejerce el «poder duro» de excluir a una nación entera de un evento deportivo, dando un mensaje claro de que el fútbol y sus valores universales se doblegan ante la agenda política del anfitrión o de quien mueve a ese organismo.
En este show donde Trump fue el protagonista, los otros dos países anfitriones, México y Canadá, ocuparon un rol secundario. La presidenta Claudia Sheinbaum y el primer ministro canadiense Mark Carney fueron excluidos de la alfombra roja inicial y de la foto protocolaria con Infantino y Trump, apareciendo más tarde, hasta que fue el momento técnico de sacar los papeles del sorteo.
Sheinbaum, con un vestido morado y bordados tradicionales, hizo un discurso digno, defendiendo al pueblo mexicano y evocando la historia del juego de pelota mesoamericano, como un contrapunto cultural, haciendo de ese momento un instante valioso. Pero era eso, algo orquestado para que Trump «se comiera todo el pastel” y México y Canadá, socios necesarios para el evento, fueron relegados a un plano de utilería en la puesta en escena del ego estadounidense.
Tras el sorteo, la FIFA no anunció de inmediato las sedes y horarios de los partidos. ¿Por qué? Porque, una vez con el «menú servido», la organización necesita un día más para decidir «dónde conviene más al negocio colocar algunos partidos», lo que recae en el cinismo, impregnándose de esa lógica.
No es lo mismo, comercial y televisivamente, poner a Argentina de Messi o Portugal de Cristiano Ronaldo en el estadio más grande o en el horario estelar, que hacerlo con selecciones menos populares, sin menospreciar a ninguna selección, pero ese espectáculo está totalmente mercantilizado, que no es de extrañarse, creo que siempre ha sido así; esa emoción deportiva, la tradición, la igualdad competitiva, son secundarias, primero es el negocio.
El Mundial 2026, desde su primer acto público, nos deja algunas lecciones, ya que la FIFA ha demostrado, una vez más, que es una plataforma de poder que utiliza el fútbol como si fuera una moneda, como el premio a Trump que, desde luego, no es un error, es la declaración de principios, donde se negocia con todo, incluso con los valores que se supone, deben promoverse.
Como espectadores, y especialmente como países sede, México y Canadá, no pueden dormirse y ver el esperpento con ojos críticos, denunciar la hipocresía, y exigir que el fútbol, ese deporte que mueve pasiones populares, no solo sirva para alimentar el ego del verdadero protagonista, ya que éste, Estados Unidos, tiene bien marcados los logros a los que quiere llegar.
O en su caso, pueden verse como ese auditorio que aplaudió, participar de manera acrítica, celebrando el espectáculo mientras vaciamos de sentido palabras como «paz», «unidad» y «deporte».
El partido más importante no empieza en 2026, comienza ahora, en nuestra capacidad para no tragarnos el relato y para recordar que, a veces, la jugada más sucia no se hace en el campo, sino en el palco de honor.