lunes , 12 octubre 2026
La gente aguardó ante el aplomo del sol

El Juicio Colectivo, el peso en el morral que decidimos no ver

Por un consenso humano de empatía y esperanza

Por: Juan Pablo Gómez Alvizo | 12 de octubre de 2026

Cuando ocurre un suicidio, debería llevarse a cabo un juicio colectivo. El problema no le pertenece solo a una persona, sino a la sociedad entera: cuando alguien decide partir, perdemos todos. Cada vez que una vida se apaga ante la pérdida de fe y esperanza en nuestro entorno, deja una huella profunda en quienes la rodeaban. Lo más desgarrador es que aquellos que más amor ofrecen suelen ser los más heridos. Es una contradicción que nos deja perplejos, pues las señales suelen estar ahí y, sin embargo, las pasamos por alto. Hemos perdido la conexión y la fe, pero es urgente e indispensable retomarlas.

Empecemos este juicio observando las cifras. En México se registraron 8,709 defunciones por suicidio durante 2025, de acuerdo con datos preliminares del INEGI. Son miles de vidas que se pierden frente a los impulsos de una sociedad saturada de estereotipos, donde los jóvenes viven bombardeados por noticias falsas y encasillados en prototipos ante la falta de un consenso humano y natural. Tan solo en el estado de Jalisco se contabilizaron 720 muertes por esta causa en el mismo periodo.

Para entender esta crisis, es necesario examinar sus principales factores de riesgo y causas:

•             Trastornos de salud mental: La depresión mayor es la causa principal y está presente en la gran mayoría de los casos. Se suma a otros padecimientos como la ansiedad, el trastorno bipolar, el trastorno límite de la personalidad (TLP), la esquizofrenia y el trastorno de estrés postraumático (TEPT).

•             Consumo de alcohol y sustancias: El abuso de sustancias altera la química cerebral, reduce la inhibición y aumenta la impulsividad, detonando intentos en momentos de crisis.

•             Situaciones vitales estresantes o traumáticas: Dificultades económicas graves, pérdida de empleo, rupturas amorosas, conflictos familiares severos, duelo, historial de abuso físico o emocional, así como situaciones de acoso laboral.

•             Aislamiento social y soledad: La falta de una red de apoyo, el sentimiento de desconexión o la percepción de ser una «carga» para los demás incrementan drásticamente la vulnerabilidad.

•             Enfermedades crónicas o dolor severo: Padecer condiciones físicas terminales o un sufrimiento prolongado para el cual la persona no logra vislumbrar una alternativa.

•             Antecedentes e impulsividad: Los intentos previos y los antecedentes familiares de conducta suicida constituyen uno de los indicadores de mayor alerta.

El acoso escolar: una herida que debemos desenmascarar

Un punto crítico que exige nuestra atención inmediata es el bullying o acoso escolar: una conducta repetitiva de intimidación y maltrato físico, verbal o psicológico que altera la vida de las víctimas tanto dentro como fuera de las aulas. Ya sea a través de insultos, rechazo, agresiones físicas o amenazas, se calcula que hasta el 70% de la población estudiantil ha sufrido algún tipo de acoso a lo largo de su vida. Esta cifra alarmante demuestra que el acoso no es un simple «juego de niños», sino un detonante directo de crisis emocionales severas.

En este escenario, la falta de preparación del personal docente para identificar y gestionar el acoso escolar impide actuar a tiempo. Los maestros necesitan herramientas e intervención profesional, pero la responsabilidad no recae únicamente en las escuelas: la sociedad entera debe ser una red de contención. Nunca sabemos qué peso carga cada persona en su «morral» diario; a veces, un mal momento o una circunstancia desafortunada son suficientes para rebasar el límite de alguien.

Un plan de acción: del aula al hogar

Frente a este diagnóstico, no podemos quedarnos en la lamentación; debemos ejecutar acciones concretas en dos frentes fundamentales:

1. En el entorno escolar

•             Programas de prevención basados en evidencia: Implementar modelos probados (como el programa KiVa u otras metodologías de intervención) que promuevan la empatía, la resolución pacífica de conflictos y el respeto a la diversidad.

•             Capacitación docente continua: Brindar herramientas al personal educador para identificar señales tempranas de acoso (incluyendo el ciberacoso), supervisar áreas comunes (patios, pasillos y baños) y aplicar protocolos de actuación estandarizados.

•             Sensibilización del grupo de pares: Desincentivar la postura de espectadores pasivos (evitar que rían, graben o alienten al agresor) y motivar a los estudiantes a extender apoyo o avisar de inmediato a un adulto de confianza.

•             Canales de denuncia seguros: Habilitar buzones físicos o plataformas digitales confidenciales donde los alumnos puedan reportar situaciones de abuso sin miedo a represalias.

•             Manejo profesional del conflicto: Evitar la mediación directa entre agresor y víctima en casos de acoso real donde exista un claro desequilibrio de poder, para impedir la revictimización.

2. En el hogar y la familia

•             Escucha activa y sin juicios: Promover diálogos abiertos sobre las emociones, el uso de plataformas digitales y la convivencia escolar, sin minimizar lo que expresan los menores.

•             Alianza familia-escuela: Mantener comunicación constante con docentes y tutores para detectar cambios drásticos en la conducta, el rendimiento escolar o el aislamiento.

•             Fortalecimiento de la autoestima: Fomentar habilidades socioemocionales, la tolerancia a la frustración y la capacidad de poner límites ante cualquier tipo de violencia.

•             Atención oportuna del riesgo: Detectar señales de alerta (desesperanza, frases sobre «querer desaparecer», autolesiones) y acudir de inmediato a profesionales de la salud mental.

Veredicto y llamado a la esperanza

Ya hemos recorrido las fases de este juicio. Hemos presenciado los hechos trágicos: vidas que se apagan prematuramente ante la falta de fe y esperanza. Hemos analizado las cifras frías y desgarradoras, y hemos puesto al descubierto las fallas colectivas, como la pérdida de tiempo de calidad en la familia, la erosión de los valores y la inmediatez acelerada que está asfixiando a nuestra sociedad. La falta de empatía y la incapacidad de ponernos en el lugar del otro han dejado grietas profundas en nuestra comunidad.

Sin embargo, este juicio no busca condenarnos al desánimo, sino convocarnos a la acción. Mantengo firmemente la esperanza de que podemos reconstruir nuestro tejido social si decidimos asumir nuestro compromiso. Exhorto a cada persona a practicar una empatía activa y constante. Ya conocemos las causas y ya tenemos las estrategias; ahora nos toca aplicarlas con responsabilidad y convicción, entendiendo que todos cargamos con una cruz personal o un peso en el morral.

Dejemos de mirar hacia otro lado. Salvar vidas no es solo una posibilidad; es una tarea que nos pertenece a todos. Hagámoslo juntos y salvemos más vidas.

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