Por Oscar Miguel Rivera Hernández I 13 de mayo de 2026
La política mexicana muestra una curiosa inclinación por las contradicciones; los partidos sucumben por el éxito o subsisten gracias al presupuesto, pero muy pocos logran envejecer con auténtica dignidad. Mientras el PAN se inclina hacia la ultraderecha bajo el liderazgo de Jorge Romero, quien promueve consignas de «Patria, Familia y Libertad«, el PRI recicla figuras como Rosario Robles en un intento por revivir nostalgias que ya no son posibles, y los del difunto PRD de los Chuchos se transforman en «Somos México» en su lucha por evitar la desaparición.
Morena, ese partido que surgió como un movimiento ciudadano destinado a regenerar la vida pública, enfrenta hoy su propia transformación. En ese proceso que había sido funcional hasta las elecciones del 2024. Pero ahora, llega al rescate Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional, en sustitución de Luisa María Alcalde Luján, que no es un simple cambio de piezas.
Montiel no pertenece al grupo de políticas que buscan los reflectores. Su carácter es discreto, técnico, la ha mantenido al frente de la Secretaría de Bienestar, que constituye el corazón operativo de la Cuarta Transformación. Gestionó más de 900 mil millones de pesos durante 2026, coordinó las ayudas destinadas a los damnificados por las lluvias intensas ocurridas en el último trimestre de 2025 y conoce al detalle los 20 programas sociales que sostienen la popularidad del oficialismo. Pero ahora abandona la dependencia más poderosa del gabinete para asumir las riendas de un partido que, aunque triunfador, navega sin rumbo ideológico.
Su trayectoria, que se extiende desde el Consejo General de Huelga de la UNAM, donde coincidió con el activismo estudiantil que también marcó a Claudia Sheinbaum, hasta la Secretaría de Jóvenes y Finanzas en el difunto PRD, si el de aquellos años, cuando era liderado por López Obrador, pasando por la Red de Transporte de Pasajeros junto a Marcelo Ebrard y una diputación tanto local como federal, configura un perfil de lealtad morenista, de esos que hay pocos en ese partido, es de pura cepa.
El diagnóstico resulta claro para quienes aún conservan viva la memoria del origen, pragmatismo carente de principios, desideologización, pues ser anti-PRI y anti-PAN no constituye una ideología, aunque la oposición y los medios adversos, en los últimos meses, imponen la agenda, una agenda que destila odio en lugar de construir tejido social, prácticas legislativas que atropellan el «respeto al mandato popular», franquicias estatales donde se alquila el logotipo partidista para las candidaturas, pero con élites reciclada del PRI y el PAN que han terminado por desplazar a las corrientes críticas de izquierda.
La «brújula» morenista se ha extraviado en medio del presidencialismo y como alguien escribiera en algún momento; ganar es una cosa, convencer es otra bien distinta, y transformar desde la izquierda resulta mucho más difícil.
Montiel asume el cargo con un pie puesto en el activismo universitario y el otro en la política real del lopezobradorismo, pero también arrastra consigo señalamientos de nepotismo provenientes de morenistas que se sienten incómodos con ciertas prácticas que el propio Andrés Manuel López Obrador repudió. Y ahí radica precisamente el primer desafío. ¿Podrá Montiel desmarcarse de los vicios que ella misma hereda? No será tarea sencilla, porque la dirigencia que recibe no es la de un partido en fase de construcción, sino la de una maquinaria electoral atrapada entre su éxito numérico y su vacío ideológico.
Morena se prepara para el año 2027, un periodo electoral de gran relevancia. La sucesora de Luisa María Alcalde, quien encabezó una gestión más enfocada en la lealtad presidencial que en la formación de cuadros, tendrá que demostrar firmeza ante un conjunto de gobernantes y aspirantes que tienen «mucha cola que les pisen». El llamado a la «tolerancia cero para los corruptos» no puede quedarse solo en un discurso. Mientras la oposición intenta reconfigurarse, el verdadero enemigo del partido guinda se encuentra en su interior. Las tribus, integradas por perredistas, priístas, panistas, verde-ecologistas y petistas, son una espina en el zapato; pero a la vez, son el fruto de la conquista política que ha llevado al triunfo de Morena. Si Montiel no logra sacudir esa inercia, su paso por la dirigencia, será el declive de la 4T.
Pero existe esperanza, muy frágil, pero existe, y tanto Sheinbaum como Montiel provienen de la misma naturaleza: el activismo estudiantil, la disciplina institucional y una vocación más ejecutiva que discursiva. Eso puede traducirse en algo que Morena necesitaba con urgencia y dejar de ser una máquina destinada a ganar elecciones, para volver a ser un movimiento con conciencia de clase, de país y de principios. Si Montiel comprende que los programas sociales «no son de ningún partido», pero que sin un partido organizado, fiscalizado y coherente esos programas terminan convirtiéndose en clientela política.
Por lo pronto, su discurso de llegada repite las fórmulas ya conocidas; regreso a las bases, respeto al mandato popular, defensa frente a las ofensivas externas. Platicando con algunos militantes y simpatizantes, los veo escépticos, pero aún leales a la 4T, no a MORENA. Esperan ver si esa forma de llegar, con la espada desenvainada, realmente corta cabezas o si termina guardada en el cajón de las buenas intenciones, como sucedió con la anterior dirigencia, que los dejó crecer sin control. Porque en México, como se decía, los partidos parecen inmortales, y no porque alguien lo afirme, sino porque todos lo podemos ver. Pero el hartazgo ciudadano no soportará 70 años de régimen priísta, ni los sexenios foxistas o calderonistas; así que el relevo en Morena no debe ser solo una noticia, debe ser una realidad, que resuelva y busque consolidar una izquierda que camine del codo con la ciudadanía. Las heridas están abiertas y la militancia y simpatizantes esperan que Montiel las suture. O tal vez sea simplemente una nueva gerente de una franquicia electoral que no se atreverá a tocar los intereses enquistados. La primera prueba de fuego la veremos el próximo año, en que se lleven a cabo las elecciones intermedias, si es que llega a ese momento. El tiempo, como siempre, pondrá a cada quien en el lugar que le corresponde.