Por Oscar Miguel Rivera Hernández l 16 de abril de 2026
Imaginemos por un momento que usted es el presidente del país más poderoso del mundo, tiene el ejército más grande, las armas más mortíferas y la capacidad de cambiar el destino del planeta. Ahora imaginemos que su actuar es el de un adolescente malhumorado en redes sociales. Ese es, según parece, el estado actual de Donald Trump. Asusta, pero también agota.
En menos de un mes, el presidente Donald Trump nos ha dado una clase maestra de contradicciones y, entre esas “lecciones”, hay una que está cobrando vidas en Irán. Todo comenzó en febrero, cuando aseguró que los ataques contra Irán serían una “operación decisiva” que terminaría rápidamente. Para el 2 de marzo, ya cantaba victoria junto a Israel. Al día siguiente, dijo que habían ganado la guerra. El 7 de marzo repitió, emocionado: “Derrotamos a Irán”.
Pero, ¿adivinen qué? Dos días después se desdijo: “Hemos ganado, pero aún no completamente”. Y así transcurrió todo el mes: un péndulo emocional entre la arrogancia y la desesperación. Un día pedía ayuda a los aliados europeos con un “por favor, ayúdennos”; al siguiente, los amenazaba con “recordarlo” si no lo hacían. En apenas 24 horas pasó del “ayúdenme” al “no necesitamos ayuda”. Es agotador, ¿no? Y precisamente eso es lo que busca: marearnos para que no veamos el fondo del problema.
Este vaivén no es solo el síntoma de un líder errático; es también una forma de hacer la guerra: la guerra del scrolling (desplazamiento). Así como en redes sociales vemos un bombardeo, luego otros tipos de videos o imágenes y enseguida otro bombardeo, Trump impone una política del mareo. Nos confunde, nos anestesia, pero esa confusión no es casualidad; es propaganda diseñada para desgastar a la opinión pública y a sus enemigos.
Para muestra, su mensaje más reciente: “Abran el maldito estrecho de Ormuz, locos bastardos, o vivirán en el infierno”. Así, sin escrúpulos, como un jefe de la mafia, no como un jefe de Estado. El analista Jeffrey Sachs, en un duro artículo, describe a Trump y a Netanyahu como “dos psicópatas” que juegan a ser Dios. Los acusa de tres patologías: un narcisismo maligno (incapaces de empatía por las víctimas), la arrogancia del poder (creen no tener límites, ni siquiera los del derecho internacional) y un delirio religioso (convencidos de que cumplen una misión divina).
Trump ha puesto al mundo al borde de un ataque de nervios. Toda la gente decente ha señalado que amenazar a Irán con armas nucleares o similares es simplemente intolerable. Trump da vergüenza incluso a los suyos. Y, por otro lado, hay países y líderes derechistas que han actuado con cobardía, guardando silencio ante un tema que debería atañernos a todos.
Hay una pregunta que mucha gente se hace: ¿quién va ganando en este conflicto entre Estados Unidos, Israel, Irán y ahora Líbano? El mundo entero, sin importar lo lejos que esté de cualquiera de estos países, ya está pagando los costos de esta escalada. Sin embargo, hay quienes parecen beneficiarse. En Ormuz, por ejemplo, China ha negociado el paso de sus barcos por el estrecho. Además, está pagando el petróleo en yuanes, rompiendo el acuerdo económico de las últimas décadas que lo vinculaba al dólar. Y mientras tanto, su principal competidor, Estados Unidos, sigue cometiendo errores. Como señalaba una portada de The Economist, con Xi Jinping en imagen nítida y Trump borroso: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”.
En este contexto, ambas partes han puesto sobre la mesa condiciones difícilmente conciliables. Irán ha presentado un plan de diez puntos para negociar un alto el fuego con Estados Unidos. Entre sus exigencias están la retirada de tropas estadounidenses de Medio Oriente, el levantamiento total de sanciones, el reconocimiento de su derecho al enriquecimiento de uranio y compensaciones económicas por daños de guerra. La propuesta, considerada por Washington como una “base viable”, incluye además el control iraní del estrecho de Ormuz y el cese de ataques contra sus aliados regionales, como Hezbolá.
Por su parte, Trump exige que Teherán reabra el estrecho, renuncie a su programa nuclear, abandone su apoyo a grupos aliados y acepte restricciones a su programa de misiles.
¿Y qué hace un líder con poder militar cuando las cosas no le salen? Escala, pasa de los bombardeos convencionales a la amenaza nuclear. Llevamos más de 30 días de guerra y, a pesar de ser la primera potencia mundial, Estados Unidos no ha podido doblegar a Irán. Por eso, Trump ya ha lanzado la frase más peligrosa de todas: que puede “borrar a un país completo en una noche”. No hace falta ser un experto para entender lo que eso implica.
El problema de fondo es que este circo mediático tiene consecuencias reales. Mientras Trump tuitea incoherencias, en Irán mueren civiles. Hace unos días, bombardearon un puente sin relevancia militar, partiéndolo en dos y matando a familias enteras. ¿La reacción de Trump? Al día siguiente se jactó de ello. Mientras juega a ser el “mesías”, su secretario de Defensa compara el rescate de un piloto con la resurrección de Jesucristo. Es una locura que, además, comienza a aislar a Estados Unidos.
Europa, con países como Francia, ya busca caminos alternativos. Incluso dentro del Partido Demócrata, figuras como Alexandria Ocasio-Cortez se niegan a seguir financiando esta guerra. Las encuestas muestran algo impensable hace unos años: cada vez más independientes y demócratas simpatizan con Palestina más que con Israel. El mundo empieza a cansarse.
El mundo, pese a cualquier intento de tregua, sigue al borde del desastre. Las propuestas de Irán son inaceptables para Trump, y las condiciones de Trump lo son para Irán. La tregua, si existe, parece más un respiro estratégico que una solución real. Mientras tanto, Israel continúa avanzando en su proyecto del “Gran Israel”, financiado por ciudadanos estadounidenses y legitimado por Donald Trump, cuyas amenazas —no lo olvidemos— nos van preparando para lo peor.
Trump está desesperado. Su popularidad cae y la guerra no termina. Su forma de gobernar, hecha de arrebatos y contradicciones, ya no engaña a nadie. La realidad es obstinada: no se puede declarar la victoria diez veces en un mes y esperar que el mundo lo crea. Esto no es política exterior; es el berrinche de un niño con el poder de destruir el planeta. Y eso no tiene nada de gracioso. Es profundamente alarmante. Y el verdadero peligro es que, en cualquier momento, ese berrinche pueda incluir el botón nuclear.