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“Los fantasmas de la Cristiada a 100 años de la lucha”

Por Oscar Miguel Rivera Hernández l 14 de abril de 2026

Tepatitlán de Morelos, Jalisco.– En la publicación del pasado 7 de abril, titulada “La Cristiada: memoria de una guerra que no debió suceder”, presentada gracias al apoyo de Norberto Servín González, hicimos referencia a un artículo de Víctor Miguel Villanueva llamado “Los Cristeros: el otro lado de las balas” (UACM). En aquel texto abordamos algunos hechos históricos, dejando de lado quién ganó esa lucha —que, como dijera Norberto Servín, “fue algo que no debió haber sucedido”— pero relatando los acontecimientos de manera equilibrada, mostrando lo sucedido en Tepatitlán y localidades cercanas, principalmente.

Pues bien, en el penúltimo párrafo de aquella primera entrega hablé de las afectaciones que dejó esa guerra. Sin embargo, además de esas heridas, también hay fantasmas que aún deambulan y que siguen afectando la vida política de la nación, ya no tan solo a Tepatitlán o a la región de los Altos. Por ello, he titulado este segundo artículo “Los fantasmas de la Cristiada a 100 años de la lucha”, como complemento de la primera publicación: “La Cristiada: memoria de una guerra que no debió suceder”.

Como ya platicábamos en la anterior publicación, ya hace un siglo, en 1926, México se desangraba en una guerra civil, no era la Revolución, sino un conflicto armado entre el gobierno posrevolucionario y grupos de católicos radicales que se levantaron en armas: fue la Guerra Cristera. Duró tres años y dejó miles de muertos. El detonante fue una lucha de poderes: el gobierno de Plutarco Elías Calles aplicaba leyes anticlericales, y la jerarquía de la Iglesia, junto a los sectores más conservadores del país, respondieron con las armas.

Hoy, cien años después, esa guerra no ha terminado. No volveremos a ver a campesinos con «¡Viva Cristo Rey!» en el pecho fusilando a maestros rurales, pero sí vemos a sus herederos ideológicos en las calles, en los púlpitos, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Son grupos que se dicen defensores de la «familia, la patria y la libertad», pero que en el fondo defienden privilegios perdidos, intereses económicos y un proyecto de país anclado en el siglo XIX.

La herencia cristera no es una línea recta, sino un río subterráneo que ha alimentado a varias organizaciones a lo largo de un siglo. Encontramos tres grandes grupos:

El Yunque y sus derivados: Nacida en las universidades privadas de Jalisco y Puebla tras la guerra, esta organización secreta (hoy no tan secreta) ha sido el brazo intelectual y de choque de la ultraderecha mexicana. Se infiltraron en gobiernos, crearon think tanks (laboratorios de ideas) y, según múltiples investigaciones, operaron como grupos paramilitares en los años 60 y 70 para reprimir a movimientos sociales. Su objetivo siempre ha sido restaurar un Estado confesional católico.

El sinarquismo fue un movimiento social que buscaba, por la vía pacífica, continuar la lucha cristera. De sus entrañas salió el Partido Demócrata Mexicano y, más importante aún, nutrió la facción más conservadora del PAN. Personajes como los Abascal (Salvador y Carlos) o el propio Emilio González Márquez, exgobernador de Jalisco, son un eslabón directo entre los cristeros y la derecha que gobernó México en el año 2000.

Hoy, la lucha no es con fusiles, sino con memes, videos virales y tuits. Jóvenes creadores de contenido, financiados por millonarios como Ricardo Salinas Pliego, han tomado la bandera. Ellos son la cara moderna de la vieja guerra, utilizando un lenguaje sencillo y violento para atacar a la «Cuarta Transformación», al gobierno de Claudia Sheinbaum y a todo lo que huela a izquierda.

Lo más llamativo de estos grupos no es su discurso, sino lo desconectados que están de la realidad. Sus postulados son una colección de mitos, teorías de conspiración y añoranzas de un mundo que ya no existe. Estos son algunos de los más absurdos:

«El gobierno de AMLO y Sheinbaum es comunista y persigue a los católicos«, es el gran grito de batalla. Pero la realidad es tozuda. En México hay absoluta libertad de culto. Nadie prohíbe misas, ni cierra iglesias. Al contrario, vemos a sacerdotes opinando abiertamente de política. El «comunismo» que denuncian no existe. Es un fantasma heredado de la Guerra Fría para asustar a la gente. Lo que en realidad les duele es que el Estado laico no les otorgue privilegios.

Acusan a los gobiernos progresistas de atentar contra la familia «tradicional», expresando ideas como «La izquierda destruye a la familia«. Sin embargo, las políticas de izquierda son las que han creado más programas de apoyo a madres solteras, a adultos mayores y a niños. La derecha habla de «familia», pero sus políticas económicas empobrecen a las familias trabajadoras mientras protegen los intereses de los empresarios amigos.

El más absurdo de todos es «Defendemos la libertad«, porque cuando analizamos a fondo sus propuestas, lo que encontramos es un deseo de imponer su propia moral. Quieren libertad para odiar, para discriminar a la comunidad LGBTIQ+, para controlar el cuerpo de las mujeres y para imponer su doctrina religiosa en las leyes civiles. No es libertad, es autoritarismo teocrático.

Si comparamos a los viejos líderes de la ultraderecha (como los Abascal, que eran gente letrada, aunque fanática), los personajes de hoy son un esperpento. El analista del programa lo describe perfecto: «no tiene intelectuales, tiene ciberporros, tiene trolles, tiene memes, no tienen obra«.

El principal abanderado de esta lucha absurda es Ricardo Salinas Pliego. El dueño de TV Azteca y Elektra se ha convertido en el vocero mediático de la ultraderecha. No es un intelectual ni un líder religioso; es un empresario que confunde sus intereses comerciales con la defensa de la patria. Sus postulados son una mezcla de libertarianismo económico para él y conservadurismo social para los demás. Es la personificación de la vulgaridad, un hombre que no habla, «escupe» tuits y videos donde, con la imagen de la Virgen de Guadalupe de fondo, llama «comunistas» a quienes quieren regular sus abusos empresariales.

Junto a él, aparecen figuras como Eduardo Verástegui (un actor devenido en activista ultraconservador), Gilberto Lozano (exlíder del Frente Nacional por la Familia) y un gran número de youtubers y tiktokers que viven de la indignación. La característica principal de todos ellos es la esquizofrenia política. No les importa la coherencia. Un día acusan a AMLO de ser un peligroso masón y al siguiente de ser un dictador evangélico. Se contradicen constantemente porque su único objetivo es el poder y el dinero, no la defensa de una causa verdadera.

Este fenómeno no es exclusivo de México, es la versión local de un movimiento global. El nacionalismo cristiano, como vimos en Estados Unidos, con pastores como Doug Wilson orando en el Pentágono y justificando la esclavitud o pidiendo quitar el voto a la mujer, en México estos grupos sueñan con una teocracia. La diferencia es que aquí, la memoria histórica de la Revolución Mexicana y la guerra cristera (que fue una derrota para ellos) ha creado un blindaje. La mayoría de los mexicanos, aunque creyentes, saben distinguir entre su fe y la manipulación política.

Sin embargo, el peligro es real. La violencia verbal que promueven estos personajes puede escalar a violencia física. Ya lo hicieron en el pasado con grupos de choque. Ya lo intentaron en 2006 con el desafuero contra López Obrador, un intento de golpe suave orquestado por la derecha en el poder.

La Guerra Cristera no es un asunto de museo. Sus herederos ideológicos, ahora en la forma de empresarios mesiánicos e influencers de la ira, siguen peleando una batalla perdida contra un mundo que avanza hacia más derechos, más laicidad y más justicia social. Sus postulados son absurdos porque niegan la realidad, y sus personajes son patéticos porque han cambiado la disciplina ideológica por la vulgaridad del dinero. Pero no hay que subestimarlos.

El fanatismo, aunque absurdo, sigue siendo peligroso. La mejor manera de vencerlos es con más Estado laico, más educación y más memoria histórica. No olvidemos que hace 100 años, esa guerra dejó miles de muertos. Hoy, la batalla es por las conciencias, y no podemos permitir que la ganen.

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