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La memoria que queda después del fuego | Opinión

Cinthya Gómez | 23 de febrero de 2026

Tepatitlán de Morelos.- La noticia corrió como pólvora: la captura y muerte de Rubén N, alias “El Mencho”, desató una ola de violencia en Jalisco y en varios estados del país. Lo que siguió fue la reacción predecible de una estructura criminal herida: bloqueos, vehículos incendiados, fallecidos comercios atacados, carreteras tomadas y comunidades enteras paralizadas por el miedo. La servidumbre del capo actuó como animal acorralado, demostrando que el poder del terror no se sostiene en la lealtad, sino en la intimidación.

Ayer, el fuego no fue metáfora. Fue literal. Familias encerradas en sus casas, madres marcando desesperadas el celular de sus hijos, trabajadores abandonando turnos a mitad de jornada, ciudades convertidas en escenarios de guerra. No fue un “mensaje” entre criminales; fue un castigo colectivo contra la población civil. Cuando un grupo delincuencial incendia camiones o dispara en zonas urbanas, no está defendiendo a su líder: está recordándole a la sociedad que su poder se basa en sembrar pánico.

Y sin embargo, lo más inquietante no serán las llamas las docenas de vehículos quemados, negocios incendiados, o los soldados caídos, sino la normalización de esta violencia.

Porque tras cada episodio de terror en México, ya sea en Jalisco, Culiacán, Michoacán, Guanajuato, Tamaulipas, emerge el mismo fenómeno cultural: corridos que glorifican a un seudo capo, camisetas con su apodo, altares improvisados, series que romantizan su ascenso. La narcocultura convierte al victimario en mito y diluye a las víctimas en estadística.

Es profundamente doloroso pensar que, después de la zozobra de ayer, habrá quien siga aplaudiendo esa narrativa. Que mientras comerciantes cuentan pérdidas y familias lloran el susto o la ausencia, otros sigan consumiendo con entusiasmo la épica del “patrón”. Como si la violencia fuera un espectáculo. Como si el terror fuera una marca aspiracional.

La muerte de un líder criminal no significa el fin automático de la estructura que encabezaba. Las organizaciones delictivas mutan, se fragmentan, se reacomodan. Pero lo que sí podría marcar una diferencia es el rechazo social contundente a la glorificación de quienes han convertido regiones enteras en campos de miedo o tierras de desaparecidos. Sin ese rechazo, cada caída será apenas un relevo.

No se trata de censura artística. Se trata de conciencia colectiva. De entender que detrás de cada verso que ensalza la violencia hay comunidades desplazadas, negocios quebrados y niños que crecerán con el sonido de sirenas y explosiones como banda sonora.

Ayer vimos lo peor del poder criminal: su capacidad para paralizar ciudades enteras cuando se siente amenazado. Sería trágico que mañana volvamos a ver lo peor de nosotros: la fascinación por quien convirtió el terror en identidad.

México no necesita más mitos del narco. Necesita memoria, dignidad y una cultura que deje de confundir miedo con admiración.

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